Lo que pasa de verdad en los cruceros, descrito por una trabajadora

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¿Qué ocurre con el personal y los pasajeros dentro de los cruceros? 

 

2.600 pasajeros y 1.200 empleados. Un crucero es una pequeña urbe flotante, pero a diferencia de cualquier ciudad, las gigantescas naves son también un lugar exclusivamente dedicado al recreo, apartado de lo cotidiano y de donde no se puede escapar, así como un emplazamiento móvil fuera de la legislación de cualquier Estado.

Estos dos factores convierten a los barcos en un edén de la exuberancia donde sus habitantes, tanto turistas como empleados, se sienten muy dispuestos a dejar en sus respectivos países los preceptos de lo ordinario.

Habrás oído el rumor de que aquellos que trabajan en los cruceros se acuestan entre ellos. 

“El verano en que cumplí 23 años hice un casting para acabar trabajando como cantante en el Queen Mary 2” cuenta Ruthie Darling, quien se había apenas graduado en una escuela de actores y necesitaba irse construyendo, poco a poco, una carrera en su sector.

Darling comenzó con un contrato de seis meses que se fue dilatando por sucesivas prorrogas hasta alcanzar el año. De las experiencias vividas en todo ese periodo, la artista resume en ‘Thrillist’ las anécdotas más extrañas con las que se topó a bordo.

Los affaires de los empleados

“Habrás oído muchos rumores de que todos los que trabajan en los cruceros se acuestan entre ellos. Y sí, son ciertos”, cuenta Darling al citado medio. Los horarios laborales de los empleados de las naves son extenuantes, lo que da lugar a que muchos recurran a compensaciones inmediatas para sobrellevar las duras condiciones. Entre esas auto-recompensas, el alcohol y el sexo juegan un papel muy relevante.

 No es extraño, sin embargo, que un affaire pueda acabar en algo más: “tres de mis compañeros encontraron a las que hoy son sus esposas en el crucero en el que trabajé”, asegura Darling, quien ha tenido después que acudir a bodas en puntos muy dispersos del planeta, ya que el personal proviene siempre de muy distintos países.

Las normas son férreas por lo que se refiera a mantener relaciones con los pasajeros, y los empleados pueden ser despedidos si se descubre una trasgresión de este tipo: “Un consejo para los que buscan un lío de una noche con un trabajador: si es tu fantasía, inscríbete en una oferta de trabajo”.

Existe todo un sistema de castas entre el personal. Los oficiales, los empleados y la tripulación tenían menús muy distintos.

En el tiempo que se pasa en los barcos en posible que los empleados lleven también una existencia paralela por lo que se refiere a su vida sentimental: “Tienes tu pareja en puerto y tu pareja en el mar. Cuanto más cosas sabía sobre mis compañeros, más me daba cuenta de que se trataba de una norma estándar”. Darling explica cómo después de salir con una oficial durante tres meses, y vivir prácticamente con ella en su camarote, descubrió que esta tenía otra novia en tierra: “No solo eso, ella se vino de crucero, así que tuve que recoger mis bártulos y regresar a mi habitación”.

Las extrañas conductas de los clientes

Al igual que sucede con los asalariados, los turistas aprovechan estos viajes para comportarse de forma muy distinta a como lo harían en su día a día. Cuenta Darling como durante el día los spa están reservados para los clientes, pero con la caída del sol algunos trabajadores tienen permiso para utilizar las instalaciones para su confort y relax.

Una noche, Darling y una compañera acudieron a la sauna del barco donde empezaron a escuchar unos ruidos repetidos y poco comunes: “Cuando abrimos la puerta, una pareja suficientemente anciana como para ser mis abuelos se encontraba practicando sexo oral. Salimos espantadas de allí. Mi pobre amiga resbaló, intentó agarrar algo para estabilizarse y su mano fue a topar con una dentadura postiza que habían dejado sobre el banco”.

La vida secreta de los trabajadores

Dejando a un lado los particularidades amorosas, Darling ofrece algunas informaciones reservadas sobre cómo es la vida de quien se tiene que ganar un sustento con estas ocupaciones.

Lo más significativo es que existe todo un sistema de castas entre el propio personal: “Los cantantes estábamos entre los más privilegiados. La persona que venía todos los días a limpiar mi camarote y cambiarme las sábanas y las toallas no estaba considerada como mi compañero, sino como mi subalterno”.

Los salarios llegaban en billetes de 100 dólares. Escondía uno en un zapato, otro en mi neceser… Me sentía como un camello.

Distingue la artista entre tres clases: los oficiales, los empleados y la tripulación. Por lo que se refiere a las comidas, los primeros podían pedir platos cocinados con productos frescos del menú. La oferta para los empleados, como era el caso de los artistas, era mucho peor, aunque pasable. En el caso de la tripulación, como los encargados de la limpieza de los motores, provenientes en su mayoría de Filipinas y de la India, estos ingerían montañas de arroz, cortes de carne y pescado de poca calidad o nudillos de cerdo”.

El salario se paga en metálico, y para los trabajadores de la categoría de Darling, este era bastante elevado, unos 3.500 euros netos, con la comida y el alojamiento incluidos: “Los salarios llegaban en sobres repletos de billetes de 100 dólares. Me sentía como un camello, corriendo a mi camarote para esconder mis reservas: un billete en un zapato, otro en mi neceser”. Gracias a tales remuneraciones algunos miembros del personal llegaron a comprarse su propia casa en su país de origen.

Por último ahí, están también los problemas para la salud derivados de la profesión. Los mareos en los barcos son un contratiempo constante, si bien son menos comunes en las naves más grandes y estables. Caminar, de hecho, por la borda en momentos en los que el mar está especialmente agitado no resulta sencillo, sobre todo para los principiantes. Cada trabajador tiene su método para luchar contra este mal: “La mayoría de occidentales utilizaban pastillas y se tumbaban hasta que aquello pasara. Los compañeros chinos decían que lo mejor era comer 10 kiwis (ni uno más ni uno menos). Los filipinos insistían en que la cura estaba en las manzanas verdes. Mi solución era tomarme una pastilla, tumbarme, y ponerme a comer kiwis y manzanas”.

Fuente: elconfidencial.com