Se cumple un siglo del naufragio del El Lusitania

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A las 14.00 horas del 7 de mayo de 1915 el capitán Walther Schwieger divisó desde el periscopio de su submarino U-20 un enorme barco que navegaba por estribor en las cercanías del promontorio de Kinsale, en la costa irlandesa. Lo describió a sus oficiales como un navío de “cuatro chimeneas y dos mástiles. Parece ser un buque de pasajeros de grandes dimensiones”, según quedó reflejado en el cuaderno de bitácora.

Schwieger tardó diez minutos en tomar una decisión. A las 14.10 horas, tras realizar una maniobra para colocarse frente al objetivo, a una distancia de setecientos metros, ordenó disparar el único torpedo que le quedada, ya que con anterioridad había consumido el resto enviando a pique a otros tres navíos ingleses. “Impacto detrás del puente. La nave se detiene y escora rápidamente. Al mismo tiempo se hunde a proa”, según su relato en el informe oficial.

El 'Lusitania', antes de zarpar en uno de sus viajes.
El ‘Lusitania’, antes de zarpar en uno de sus viajes.

La posición en la que quedó el blanco una vez alcanzado, sólo permitió que 6 de sus 48 botes de salvamento llegaran a arriarse. Dieciocho minutos más tarde se produjo el naufragio y terminó la historia del ‘Lusitania’ y de las 1.192 personas -entre ellas 94 niños y 35 bebés- que murieron en el mayor desastre naval que hasta aquella fecha se había registrado en el transcurso de la Primera Guerra Mundial.

Sin embargo, entonces nació el mito y la controversia sobre aquel monstruo de 240 metros de eslora que desde hace un siglo descansa en el lecho del océano Atlántico. ¿El ataque al mayor y más lujoso transatlántico de la época fue un acto de guerra o una conspiración?

Ciudad flotante

El ‘Lusitania’, junto a su casi gemelo ‘Mauritania’, era la joya de la compañía británica Cunard, que entre 1904 y 1906 invirtió millones de libras para construir esta ciudad flotante. Palacio para los que viajaban en primera clase y mazmorra para los emigrantes que lo hacían en tercera, fue reconvertido durante la Primera Guerra Mundial en un crucero armado, dotándolo de dos cañones.

Su última travesía comenzó el 1 de mayo de 1915 en el puerto de Nueva York rumbo a Liverpool. No consiguió llegar a su destino porque un torpedo alemán abortó el viaje.

La magnitud de la tragedia provocó una indignación masiva en Reino Unido y Estados Unidos, de donde procedía la mayoría de los pasajeros fallecidos. Fue la primera ocasión en la que se habló de un crimen de guerra.

A partir de ese momento, los alemanes, fueran o no soldados, se convirtieron en seres odiosos y odiados. Desde Londres se inició una campaña, bien respaldada por Washington, para convertir a los marinos germanos en piratas hunos que asesinaban a civiles y niños. Incluso se llegó a asegurar que los escolares teutones disfrutaron de un día de vacación para celebrar la operación.

La presión fue tal que la armada imperial suspendió sus operaciones submarinas contra barcos de bandera neutral y en ningún caso atacó más a embarcaciones de pasajeros. Retomó esta táctica en 1917 cuando Estados Unidos se inclinó definitivamente por tomar un papel activo en el enfrentamiento bélico.

Zona de guerra

Pero el paso del tiempo, ese juez insobornable que da y quita razón, parece asegurarnos que nada ocurrió como británicos y norteamericanos nos hicieron creer durante años. Porque lo que siempre se ocultó en el bando aliado es que el mar del Norte, donde se produjo el hundimiento, había sido declarado zona de guerra por los propios británicos, partidarios de mandar al fondo del océano cualquier embarcación con pabellón alemán aunque sólo transportara alimentos.

Por sus dimensiones, el Lusitania era una ciudad flotante.
Por sus dimensiones, el Lusitania era una ciudad flotante.

Esta estrategia, inicialmente arriesgada, se sustentaba en el poderío naval británico, que imponía su superioridad en los mares. Sin embargo, desde el Almirantazgo de Reino Unido no se tuvo en cuenta la irrupción de los submarinos U-Boot, que Londres despreciaba por considerarlos un arma “huidiza, tramposa y asquerosamente no inglesa”. Sin embargo, estos ‘buques bajo el agua’, según su traducción, resultaron terriblemente efectivos.

Desde Berlín se defendió que el ‘Lusitania’ -el más veloz de las embarcaciones de su categoría, capaz de cruzar el Atlántico en menos de cinco días- era realmente un barco militar aunque transportara pasajeros. Su misión era romper el bloqueo de las islas británicas y, por ello, en sus bodegas viajaban cuatro millones de proyectiles fabricados en Estados Unidos y repartidos en 5.400 cajas.

Es más, desde la capital imperial se recordó también que días antes de que el barco zarpara su embajada en Nueva York publicó en diversos periódicos estadounidenses un anuncio que avisaba a los posibles pasajeros del transatlántico que se embarcaban “bajo su propio riesgo”.

“Se advierte a los viajeros que se propongan atravesar el Atlántico que Alemania y sus aliados se hallan en estado de guerra con Inglaterra y los suyos, que la zona de guerra comprende las aguas que rodean las islas británicas, que, según categórico aviso del Gobierno imperial alemán, en estas aguas puede ser destruido todo buque con pabellón inglés o abanderado en cualquiera de los países aliados de Gran Bretaña, y, por último, que los pasajeros que navegan por la zona de guerra a bordo de buques ingleses o de otras nacionalidades a las que se alude antes lo harán bajo su exclusiva responsabilidad ante los riesgos a que se exponen” señalaba el texto original recogido por la prensa de la época.

La publicación de este anuncio suscitó una protesta de los embajadores inglés y francés en Estados Unidos, que lo calificaron de maniobra de intimidación para perjudicar el tráfico de viajeros. Hasta los periódicos lo comentaron sólo en tono jocoso. Todos calificaron esta información de mentira.

El paso de los años demostró que Berlín no mentía. Entre los avituallamientos que se embarcaron en Nueva York figuraba material de guerra, según se pudo comprobar en los manifiestos de carga reales, que se escondieron para sustituirlos por otros que hablaban sólo de comestibles y pasaje. Camuflados entre alimentos, el ‘Lusitania’ transportaba en su panza cajas de granadas y de balas de fusil, además de cobre y latón para uso militar. Sin duda, contrabando de guerra.

Estos datos, ratificados también por una expedición submarina que accedió a los restos del paquebote que descansan en el océano, confirman que los alemanes tenían razón y que el ‘Lusitania’ era un objetivo militar legítimo.

El Lusitania: un cebo que costó 1.200 vidas

La presencia de municiones explicaría las diferentes explosiones que hundieron al ‘Lusitania’ pese a que sólo fue alcanzado por un torpedo. También daría una respuesta a la pregunta de por qué se hundió tan rápido un barco de su tamaño, construido con compartimentos estancos.

Plan orquestado

Al margen del misterio sobre la condición civil o militar del ‘Lusitania’, una pregunta ha caminado siempre paralela a la historia de la tragedia. ¿Fue una campaña orquestada para tejer una excusa que permitiera la entrada estadounidense en la Primera Guerra Mundial? Lo cierto es que, aunque no se materializó hasta dos años después mediante la declaración de su presidente, Woodrow Wilson, siempre se ha considerado que el ataque al ‘Lusitania’ fue uno de los factores que resultó determinante para que Washington decidiera participar en la contienda. Es más, la imagen del desastre se utilizó en numerosos carteles que invitaban al alistamiento y pedían venganza.

La teoría de que el ‘Lusitania’ fue realmente un cebo que costó 1.200 vidas la abonan incluso unas palabras de sir Winston Churchill, entonces lord del Almirantazgo, que durante una inspección al navío, describió de ese modo al gigante de 45.000 toneladas.

La sombra de la sospecha cayó siempre sobre él como presunto autor intelectual del hipotético complot, que sacrificó al ‘Lusitania’ en aras de un bien mayor, según defienden historiadores propensos a aprobar la posible táctica asesina. Recordaba mucho a la estrategia que Washington había utilizado en Cuba contra los españoles en el caso del ‘Maine’.

A Churchill se le acusa de conocer las altas probabilidades de un ataque contra el transatlántico, ya que en una reunión mantenida en la sala de mapas del Almirantazgo el 1 de mayo se le advirtió de que espías desplegados en Alemania anunciaban la salida del U-20 de la base de Emden y de que su área de control se cruzaría con la trayectoria del ‘Lusitania’.

Es más, en un principio el crucero ‘Juno’ debía escoltar al ‘Lusitania’ una vez hubiera penetrado en el mar del Norte, pero Churchill le ordenó abandonar la zona y dirigirse a puerto, sin que fuera reemplazado.

William Thomas Turner, capitán de el Lusitania.
William Thomas Turner, capitán de el Lusitania.

Incluso se atribuye al luego héroe de la Segunda Guerra Mundial una carta posterior al hundimiento en la que aseguraba que “algunas acciones de los submarinos debieron ser esperadas”. Él también señaló la importancia de “atraer a lo barcos neutrales hacia nuestras costas, sobre todo con vistas a implicar a Estados Unidos contra Alemania. De nuestra parte, queremos cuanto más tráfico, mejor. Si alguien acaba pasando apuros, mejor todavía”.

Según documentos desclasificados a finales del pasado siglo, el Almirantazgo conocía la presencia del U-20 en la zona, pero esta información se ocultó al ‘Lusitania’ o fue desoída por su capitán, el veterano William Thomas Turner, que sólo ordenó acercarse a tierra una hora antes del ataque. “Debemos procesarle implacablemente”, señaló Churchill en una de las comunicaciones a los altos mandos del Almirantazgo.

Al viejo marino se le responsabilizó del desastre, pero todo apunta a que se limitó a ejecutar órdenes. Algunos historiadores aseguran incluso que la inminencia del ataque se conocía a bordo. ‘El Pueblo Vasco’, nuestro antecesor, llegó a publicar en su edición del 8 de mayo de 1915 que “algunos viajeros durante la travesía recibieron radiotelegramas anunciando que el barco iba a ser torpedeado”.

A la teoría del complot se suma Erik Larson en su libro ‘Lusitania – El hundimiento que cambió el rumbo de la historia’. Estima en su obra que el desastre no sólo influyó en la guerra porque propició la entrada de Estados Unidos, sino que sirvió, a la postre, para convertir a los norteamericanos en la gran potencia hegemónica que hoy conocemos.

Fuente:el correo