Este hotel es mi casa: “No me he hecho la cama en mi vida”

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El modista Lorenzo Caprile vive desde hace siete años en la habitación de un NH

 

Lorenzo Caprile tiene en la entrada de su habitación una ilustración que Christian Bérard hizo de Coco Chanel a principios del siglo pasado. No tiene mucha más decoración porque dice que él es una «marica atípica» y que el interiorismo le importa «tres pimientos». Pero ahí, entre fotos de familia, estampitas de vírgenes y calendarios de tíos muy cachas, está Chanel. Porque, aunque Caprile dice que no, la diseñadora francesa y él tienen más cosas en común de las que el modista español quiere admitir en el bufé del desayuno: «Los dos somos adictos al trabajo, eso sí. Somos solteros y no tenemos familia. Y, bueno, somos Leo también».

No dice que los dos, además, han vivido en un hotel.

Coco Chanel tenía un apartamento de lujo en la rue Cambon de París, pero reservó una suite en la séptima planta del Ritz un día de 1937 y se quedó allí 34 años, en una habitación de 155 metros cuadrados que decoró ella misma en blanco y negro, con lacas asiáticas y espejos de madera dorada. Tenía sala de estar, dos dormitorios, dos baños, jacuzzi, sauna y vistas al jardín. «El Ritz es mi hogar», decía.

Lorenzo Caprile tiene un piso en el centro de Madrid, pero se cansó de reformarlo sin acertar con la reforma y al final se quedó en un NH porque el barrio del Ritz no le gustaba y este hotel le quedaba más cerca del taller de costura donde idea los vestidos que viste, entre otras, la reina Letizia. En tiempos de alquileres disparatados, de gentrificaciones y de webs de apartamentos «coquetos», Caprile decidió instalarse en una habitación que no tiene jacuzzi ni sauna ni vistas al jardín ni lacas asiáticas pero que es su casa desde hace siete años. «El NH es mi hogar».

Su caso es quizás el más extremo de una práctica que años atrás era habitual entre estrellas de cine, bohemios y grandes literatos. En un hotel de París pasó sus últimos días Oscar Wilde, que cenaba todos los días judías, tres huevos cocidos y una ensalada y luego pedía una botella de coñac al servicio de habitaciones que nunca pagaba. Sus facturas pendientes decoran hoy una suite convertida en boutique. En un hotel de Suiza murió Nabokov, quejándose del ruido que hacía Peter Ustinov en la planta de arriba. Y en el Palace de Madrid, junto al cuarto de la plancha, acabó sus días Julio Camba.

En España, con algo menos de glamour, tuvimos también a los Beckham, que vivieron seis meses en una planta entera del Santo Mauro cuando a Victoria le olía la ciudad a ajo. Miguel Zugaza se alojó 15 años seguidos en un hotel mientras dirigió el Museo del Prado y Duran i Lleida se instaló en el Palace mientras tuvo escaño en el Congreso. Cuando Jabo Irureta era entrenador del Depor se pasó siete años en el Hotel María Pita de A Coruña, en una habitación, la 514, que hasta hace poco llevaba su nombre. Y en el Royal Hideaway La Bobadilla de Granada aún guardan el bastón de Cyril Taylor, un caballero inglés que era cliente fijo de la suite Sir Cyril. Por si vuelve, dicen.

Cuentan que Francisco Correa, ese capo de la trama Gürtel que empezó de botones y acabó convertido en un personaje de Mario Puzo, tenía reservadas dos suites de un céntrico hotel de Madrid: una para él y otra para sus trajes y sus mocasines.

«Si es que lo peor de los hoteles es la ropa, cargar con el armario y los zapatos es una pesadilla», se queja Luis García Esteban. «Ojalá hubiera un servicio en la nube para zapatos». Luis es empresario y director de la start up Gare Continuity. Es madrileño, pero vive en la 507 del Room Mate Emma de Barcelona unos 20 días al mes. «El hotel es mi casa y mi despacho. Yo sólo necesito mi portátil y que el wifi vaya bien. Y en el hotel va como un tiro».

La habitación tiene un sofá largo en curva, un colchón grande y una terraza gigante. En el minibar hay cookies, patatas y gominolas. En recepción le guardan a Luis dos camisas blancas por si acaso, saben que le gusta el té de jengibre y conocen el grosor de las almohadas con las que quiere dormir. «Yo no me he hecho la cama en la vida», presume.

Los recepcionistas conocen además su agenda de reuniones en Barcelona. «Son mi equipo de secretarias, pero encima están 24 horas», bromea. «Yo no podría alquilar un piso o un despacho en Barcelona por el precio de esta habitación y además aquí me ahorro gastos de luz y de internet. Y encima este silencio… El silencio que te da una habitación de hotel no lo tienes en otro sitio».

Luis Romero, abogado de Sevilla, vive entre semana en la 301 del Hospes Puerta de Alcalá como el que vive «en un palacio». Que si saben que Don Luis no quiere el agua muy fría cuando llega de correr por el Retiro, que si el baño turco está listo, Don Luis, que si dos balcones en su suite. «Nunca me alquilaría un apartamento. Esto es más económico y mucho más cómodo. Aquí me siento acompañado. Si hay una gotera, te la arreglan. Y si no te gusta tu casa, se soluciona tan fácil como cambiando de habitación».

 

«La gran ventaja de los hoteles es que son un refugio perfecto ante la vida doméstica». Lo dijo el escritor Bernard Shaw pero podría haberlo dicho Luis. O el otro Luis. O Caprile en la 200 y pico de su NH.

La habitación del modista está en la segunda planta del hotel, aunque no parece para nada la habitación de un hotel. Se trajo sus muebles, sus perchas, sus decenas de zapatos, sus trajes, sus lápices de colores, sus calaveras y sus sombreros. Algún cuadro, una estantería enorme en la que no le caben todos los libros que lee y todas las botellas de agua que bebe y un escritorio bajo el ventanal en el que traza sus diseños. La cama es de 90 y tiene una mesita pequeña en la que sólo apoya un trofeo y un iPad. Fuma porque su casa es de fumadores.

«No soy nada casero», se justifica. «Y por el ritmo de trabajo que tengo me paso el día en el taller, así que vivir aquí me quita muchos problemas del disco duro. Toda la parte del cerebro que dedicaría a mantener una casa la tengo libre. Y, si echas cuentas, te sale más barato».

«¿Qué te sale más económico: ¿comprarte un coche o ir en taxi todos los días?», pregunta. Y él sólo se responde: «Porque una casa no es sólo el alquiler, es la luz, el teléfono, el wifi, la calefacción, el aire acondicionado, la bombilla que se rompe, el baño que se atranca, los seguros… Yo me voy de vacaciones, dejo mi llave en recepción y me olvido. No tengo que estar pendiente de nada más.

-Cuando aterricé no sabía cuánto tiempo me quedaría y han pasado ya siete años, así que ya he decidido vivir al día. En ningún piso he estado tan a gusto como aquí, en mi hotel.

Fuente: El Mundo