‘Dark’, de Netflix: qué ‘Stranger Things’ ni qué niño muerto

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La nueva serie televisiva de Netflix con producción europea supone una grata sorpresa que va mucho más allá de sus similitudes con Stranger Things

 

La decisión de Netflix de apostar por las producciones nacionales de los países en los que se asienta y no sólo por distribuir contenido propio realizado en Estados Unidos es, antes que nada, una muestra de respeto por los creadores internacionales, y sirve para aprovechar a los cineastas talentosos de todo el mundo sin que sea preciso tragárselos como acostumbra Hollywood. En ocasiones, el asunto no sale precisamente a pedir de boca, como con la serie española Las chicas del cable (Ramón Campos, Teresa Fernández-Valdés y Gema Neira, desde 2017), pero otras veces va de maravilla, y eso es lo que ha sucedido con la alemana Dark, del suizo Baran bo Odar y la germana Jantje Friese, que desde el comienzo consigue hacernos salivar con las ideas fantásticas que plantea, no sin provocarnos una inquietud alarmante.

Dark consigue hacernos salivar desde el principio con las ideas fantásticas que plantea y nos provoca una inquietud alarmante.

Y su planificación visual serena y metódica la sostiene, ayudada por unos guiones que estimulan la curiosidad ante el misterio que van desentrañando sin prisa, con cuentagotas y una gratificante sutileza, y por la banda sonora sugerente de Ben Frost. Se ve enriquecida además por algún plano secuencia y montajes paralelos musicalizados que favorecen la comprensión de las metáforas laberínticas y aumentan el efecto asombroso de las revelaciones, mimando a la vez el suspense y, con ello, las expectativas del espectador agradecido, quien sólo las verá venir mucho antes si presta verdadera atención y sabe aplicar la lógica narrativa que tal vez haya aprendido en otros visionados fundamentales, o incluso sin necesidad de ellos

Dark, con sus enigmas de pueblecito frío y boscoso, huele menos estilísticamente a la popera y monstruosa o lovecraftiana Stranger Things, por mucho que digan, y más a las también europeas Les revenants y Broadchurch; y si la forma es contenido, esto la acerca más ambas que a la exitosa serie estadounidense pese a los claros elementos en común, si bien incluye otros similares a los que componen las creadas por Gobert y Chibnall. Y como ellas, es bastante más adulta y menos complaciente que Stranger Things, sin humor ni personajes entrañables sino rotos por dentro, con su amargura y su invencible soledad, sus mentiras y secretos inconfesables.

La muy entretenida y satisfactoria Stranger Things se ceba en la nostalgia por los años ochenta del siglo pasado, hasta el punto de que probablemente se la sobrevalore por eso, Dark sólo se sirve de esa década para su proposición narrativa por necesidad pura, sin montones de referencias culturales.

Al reparto no se le puede poner ni una tacha.Y conforme se desarrolla la intriga fenomenal a lo largo de diez capítulos que mantienen un buen nivel en todo momento, sin altibajos inoportunos que echen a perder su solidez meritoria e indiscutible, la inquietud y el asombro de los espectadores está a punto de transformarse en fascinación gracias a su complejo esquema narrativo de puzle, cuyas piezas se enraizan en la mejor tradición del drama coral y de la fantasía y la ciencia ficción espaciotemporales. Qué gusto encontrarnos con una propuesta como Dark a estas alturas del género y de la edad de oro televisiva, qué bien ha jugado sus cartas para conseguir que nos declaremos dispuestos a devorar una deseable segunda temporada y qué larguísima se nos va a hacer la espera hasta que llegue.

Fuente: hipertextual