Cruceros en cargueros: los turistas pagan por viajar junto a contenedores

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John McGuffick, un jubilado que ha descubierto que su pasión es viajar en barcos de carga.

 

En los últimos años, grandes operadores de cruceros como Carnival, Royal Caribbean o Star Cruises han invertido cantidades crecientes en atracciones a bordo de sus cruceros, en un esfuerzo por mejorar su oferta. Pero ni el sushi bar, ni el cabaret, ni los toboganes acuáticos le importan a John McGuffick, un jubilado que ha descubierto que su pasión es viajar en barcos de carga.

Alojado en un camarote más parecido a la habitación de un monje que a la de un crucero por el Caribe, McGuffick reconoce que “la comida puede ser muy normal, y tienes que estar preparado para adaptarte a todo”, afirma este australiano de 72 años, que ya ha completado una decena de viajes transoceánicos con los que ha visitado puertos de Asia, Europa y América del Norte. Su particular récord de viaje sin escalas es un trayecto de 110 días entre Dunquerque, al norte de Francia, y Singapur.

Negocio rentable

Con la economía global en desaceleración, los precios de los fletes han caído tanto que para una empresa es 10 veces más rentable transportar -y alimentar- a una persona entre Shanghai y Róterdam que hacer lo propio con un contenedor repleto de muebles para montar.

Este tipo de viajes no son lujosos, pero tampoco son exactamente baratos: por unos 115 dólares al día el viajero tiene garantizada una cama y tres comidas por jornada en algunos de los mayores barcos jamás botados.

Tampoco hay demasiada compañía, y el puñado de viajeros de pago comparten comidas con la reducida tripulación, y aparte de conversar con el capitán o los mecánicos no tienen mucho más que hacer que recorrer las cubiertas de lado a lado.

Sin servicio de lavandería

Los encargados de limpiar las habitaciones pasan una sola vez a la semana, y los viajeros lavan y planchan su ropa por sí mismos. Tampoco hay “todo incluido”, sólo un modesto bar en autoservicio y sin vigilancia, en el que los viajeros dejan el valor de su consumo en una alcancía.

Hay internet, pero el acceso -vía satélite- es muy limitado, así que las únicas distracciones son las mismas que las de los marineros: mesas de ping-pong, dianas de dardos, una selección de CDs y DVDs, y unos cuantos libros.

Tampoco las panorámicas están garantizadas. Aunque la cubierta puede estar hasta 10 pisos por encima del nivel del mar, un contenedor de los 15.000 que algunos barcos transportan perfectamente podría bloquear la pequeña ventana del camarote.

Y pese a todo, las compañías no son capaces de satisfacer toda la demanda, según confirma Julie Richards, que cada año acuerda entre 200 y 300 viajes desde su oficina en Sydney.

Demanda sin respuesta

En las rutas más populares, como las que unen China con Europa, los viajeros tienen que reservar con meses de antelación. “Recibo hasta 20 correos cada día, y no puedo hacer nada para atender las peticiones de tres cuartas partes de ellos”, afirma Richards.

El comercio mundial crece ahora a la mitad de velocidad que la media de los últimos 20 años, una muy mala noticia para la flota mundial de 50.000 barcos mercantes que cada año acarrea la mayor parte de las mercancías transportadas en todo el mundo.

“A las compañías les merece la pena arrendar el espacio libre en sus cargueros, especialmente en tiempos de bajos ingresos y escasa demanda”, explica Ilka Bueltmann, jefa del departamento de viajeros de Rickmers Group.

Fuente: Bloomberg